El Domingo de Ramos no es solo el inicio de la Semana Santa. Es ese hilo invisible que une generaciones: los abuelos que nos enseñaron a sentirla, los padres que nos inculcaron el respeto y la devoción, los hijos que hoy la viven con la misma ilusión… y los nietos que empiezan a descubrir, entre palmas y sonrisas, el verdadero sentido de nuestra tradición.
Es el día en el que las calles se llenan de recuerdos y de futuro al mismo tiempo. Donde cada gesto, cada mirada, cada palma alzada, es un reflejo de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seguiremos siendo como
Hermandad. Porque la Semana Santa no se explica, se transmite… de corazón a corazón, de generación en generación.
Y tras la emoción compartida, llegó el momento de seguir haciendo Hermandad alrededor de la mesa. Una comida que volvió a demostrar que lo nuestro va mucho más allá de lo que se ve en la calle. Un ambiente inmejorable, repleto de convivencia, risas y unión, donde un gran número de cofrades disfrutaron de un magnífico puchero, preparado con mimo y dedicación por algunos de nuestros hermanos y hermanas.
Tradición, familia y Hermandad. Así se escribe, un año más, nuestro Domingo de Ramos.

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