Jueves Santo, no fue solo una procesión. Fue memoria viva.
Bajo el paso de la Virgen de la Preciosísima Sangre, sus 54 portadoras no solo caminaron: sostuvieron una historia que viene de lejos. De aquellos abuelos que, con paciencia y fe, nos enseñaron a mirar estas calles con respeto, a entender el silencio, a emocionarnos sin palabras.
Ellos ya no están, pero siguen. En cada paso medido, en cada mirada al cielo, en cada nudo en la garganta.
Porque fueron ellos quienes nos llevaron de la mano siendo niños, quienes nos enseñaron que esto no es solo tradición, sino identidad.
Hoy somos nosotros quienes ocupamos su lugar. Los que acompañamos, los que sentimos, los que mantenemos viva la llama. Y mientras avanzamos, sabemos que detrás vienen ellos… los pequeños, los que miran con los mismos ojos con los que un día miramos nosotros.
Ahí está el verdadero sentido de todo: pasado, presente y futuro caminando juntos, al mismo compás.
Y así, año tras año, la Virgen sigue saliendo… y con ella, nuestra historia.

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